Pronunciamiento de la VI Asamblea Nacional de Pastoral Indígena

Convocados por la Dimensión de Pastoral Indígena de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social de la Conferencia del Episcopado Mexicano, realizamos la VI Asamblea Nacional de Pastoral Indígena, nos reunimos en México Tenochtítlan, en el Centro Indígena de la Santa Cruz, del 11 al 14 de enero del 2010, las delegaciones de los pueblos Tsotsil, Maya, Náhuatl, Otomí, Tseltal, Zoque y Purhépecha, compartimos nuestro aliento y nuestra palabra sobre el contexto celebrativo del bicentenario de la independencia y el primer centenario de la revolución, viendo y analizando las flores que han beneficiado y las espinas que han afectado a nuestro mundo indígena. En el desarrollo de la asamblea iluminamos nuestro quehacer con la espiritualidad de San Juan Diego Cuauhtlatoátzin, patrono de la pastoral indígena, y, desde lo más profundo de nuestro corazón, al final de nuestra reunión exclamamos:
Virgen de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, Tú que estuviste en la independencia y en la revolución acompañando las luchas de los pueblos indígenas, sigue con nosotros, como lo hiciste con San Juan Diego a quien le diste la gran prueba de tu amor que benefició a todo el mundo y le prometiste dar a todas las naciones de estas tierras todo tu amor, compasión, ayuda y defensa.
Madre Defensora de los pueblos indígenas, ayúdanos a que se retomen las motivaciones que gestaron la independencia y la revolución, para que se acabe la dependencia esclavizante neoliberal en la que aún estamos sumidos los indígenas, donde nuestra forma de vivir y de entender el mundo no tienen cabida, donde nos imponen políticas, asesores y equipos norteamericanos; las espinas que nos provocan los diputados haciendo leyes que respaldan los despojos de nuestros recursos naturales. Las tierras mexicanas se están quedando en manos de empresas transnacionales, porque nuestros recursos son codiciados por los poderosos. Y ante esta realidad se ha acallado la voz profética de la Iglesia.
Madre de Guadalupe, Tonántzin, tú que nos tienes junto a tu corazón, en el hueco de tu manto, en el lugar donde cruzas tus brazos, cura las heridas, penas, dolores y miserias, que nos causan las espinas; por ser indígenas somos humillados, rechazados, marginados, oprimidos, despojados, discriminados…
Madre del Corazón del cielo y de la tierra, anima y fortalece nuestros corazones para que alcancemos la autonomía, el respeto de nuestros territorios, la valoración de nuestros ritos, mitos y lenguas, la recuperación de nuestra medicina tradicional, el aprecio de nuestra vestimenta que contiene nuestra historia y expresa nuestra identidad, el rescate de la dignidad por ser los dueños originarios de estas tierras, la defensa de nuestra soberanía sustentada en el maíz, porque somos hijas e hijos del maíz.
Madre del Tepeyac, Tú que eres modelo de la evangelización perfectamente inculturada, te rogamos nos acompañes en el proceso de la conformación de las Iglesias autóctonas, en las que logremos pasar realmente de una pastoral indigenista a una pastoral indígena, donde los pueblos originarios seamos sujetos de nuestra historia, protagonistas de la evangelización inculturada, a fin de que la Iglesia, que es también nuestra madre, adquiera la catolicidad que le aportan los pueblos indígenas.
Madre forjadora de nuestra patria, inspira y acompaña nuestros procesos que nos lleven a constituir un país pluriétnico y multicultural, para que ya no nos sigan usando como carne de cañón ni como objeto de folklor, porque los pueblos indígenas somos sujetos de derecho y somos raíces que dan rostro y corazón a México.
Señora y Lábaro de la independencia y la revolución, que nuestros pueblos indígenas sigan siendo portadores de las flores y de los cantos que nos liberan, del mismo modo que fueron liberados de la esclavitud de Egipto tus hijas y tus hijos del pueblo escogido.
Madre del Sol que nace de lo alto, ilumina con tu luz a nuestros profetas, que las organizaciones indígenas mantengan el espíritu de las bienaventuranzas, que nuestro líderes, nuestros principales, quienes sostienen los bastones de mando en nuestras comunidades, conserven sus corazones ungidos por el Santo Espíritu, que inspiró la misión de Jesús, para “llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc. 4, 18-19).
Tú que inspiraste a los obispos reunidos junto a tu santuario de Aparecida recuérdales a nuestros pastores que “la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia”(DA 385); que “la Iglesia acompaña a los indígenas y afroamericanos en las luchas por sus legítimos derechos”(DA 89); y que “la iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades económicas que claman al cielo”(DA 395), situación en la que se encuentran los pueblos originarios, que también son porción del pueblo de Dios que lucha y busca su liberación.
Madre del Corazón de la tierra, a pesar de las luchas por la independencia y las luchas revolucionarias, nuestros territorios se están quedando en manos de gente extraña, nos siguen despojando de nuestros recursos naturales, se ha desaparecido selectivamente a los luchadores sociales, se han criminalizado las manifestaciones sociales, provocando la desmovilización, y dividido a nuestros pueblos.
Madre que dijiste a Juan Diego “¿Acaso aquí no soy yo tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿Acaso no soy yo tu fuente de vida? ¿Quién más te hace falta? Que ya nada te apene ni te dé amarguras” (Nican mopohua), en esta conmemoración del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución, como discípulos y misioneros de Jesucristo, te pedimos que hagas nuestros corazones tiernos para el anuncio de tu amor y fortalezcas nuestras voces de profetas para la denuncia.
Fraternamente
Mons. G. Francisco Escobar Galicia
Responsable de la Dimensión de Pastoral Indígena.
Elaborado por el equipo redactor de la Asamblea Nacional de Pastoral Indígena.
Junto al cerro del Tepeyac, a los 14 días del mes de enero del año 2010.
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