Algunas reflexiones sobre el mundo del trabajo y Caritas In Veritate
Por. Ing. David Torres
CEPS – Pastoral del Trabajo
El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas In Veritate, nos invita a profundizar en una gama muy extensa de realidades sociales. La caridad no puede ser reducida al asistencialismo, limitándola a dar para que el otro pueda “medio tener”. 
La Caridad en la Verdad implica el valor de la justicia, de reconocernos antes que productores y consumidores, personas. "Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad".1
Para los y las trabajadoras de México y el mundo, es una necesidad escuchar el verdadero sentido de la caridad, y por eso vale la pena hurgar, aunque sea un poco, en la riqueza y las verdades que nos regala esta encíclica a los que han decidido dedicar su vida a acompañar a los trabajadores.
Por encima está el ser humano
Tal vez no nos dimos cuenta en qué momento pasó, pero ahora resulta evidente que la economía requiere ser rescatada, cuidada, atendida mucho más que la persona, y en un momento se convirtió en un fenómeno con mayor relevancia que aquel que lo creó. Sin embargo ahora nos damos cuenta de la “Necesidad de una ética centrada en la persona, como condición para el correcto funcionamiento de la economía, las finanzas, la política y las relaciones sociales”.2
Haciendo la analogía de la enseñanza de Jesús respecto de la ley, que fue hecha para servir al hombre y no el hombre para servir a la ley, podemos decir que parece ser que justo pasa lo contrario con la economía y las finanzas, que no están diseñadas para servir al hombre sino para servirse de él.
El momento histórico que vivimos está caracterizado por una crisis financiera, cuyo efecto más concreto para nosotros es la falta de empleo, los despidos masivos, los cierres de empresas, crisis familiar por la falta de oportunidades, el empobrecimiento creciente, etc.
Si hacemos memoria, nos damos cuenta que ésta, es una crisis severa, pero no ha sido la única en muchos años. Es común escuchar a las personas adultas decir que desde que eran jóvenes se hablaba de las “crisis”. No dudamos en que la crisis actual sea más severa, se la compara con una de la que la actual generación tiene apenas memoria el “crack” de Wall Street en 1929.
En todo caso, podemos intuir que vivimos en un sistema que hace cíclicas las crisis y las especulaciones, no es que algunas veces se esté bien, en todo caso, a veces no se está tan mal.
El Papa nos invita a reflexionar, en su encíclica, que la ausencia de oportunidades ha llevado a muchos a buscar otras opciones de vida y surge la “movilidad laboral”, como él la llama. Esta movilidad no sólo representa la búsqueda de un mejor trabajo, también trae consigo una “inestabilidad psicológica y la dificultad para crear caminos propios coherentes en la vida, incluido el matrimonio”.3
Una cultura de mercado
¿En qué se ha convertido el mercado? En un intercambio de bienes económicos por servicios o productos sumamente deshumanizados. Se perdió la solidaridad y la confianza, por consecuencia tiene cabida la injusticia y la acumulación de bienes por unos cuantos.
La cultura del capitalismo, del mercado lleno de candados e intereses nos ha insistido en que el valor de la persona y su desarrollo está en la posibilidad de tener, de comprar productos aunque no los necesite. A esta cultura se le ha olvidado hablar de cooperación, intercambio, solidaridad, subsidiariedad, ayuda mutua, etc.; ha predominado la propiedad privada, el valor económico, la sobrevivencia, la lucha por destacar, la comparación de bienes, etc.
“El mercado está sujeto a los principios de la llama justicia conmutativa…Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social.” 4
No podemos limitarnos, como nos indica el Papa, al intercambio de un bien por dinero o servicios, conmutar que implica cambiar una cosa por otra, es una práctica que no genera relaciones que promuevan el desarrollo, aunque de entrada parezcan justas. Un kilogramo de frijol costará $20, por ejemplo, y sólo aquel que tenga esos veinte pesos podrá tener esa porción de frijol, pero qué pasa cuando no tenemos esa cantidad, nadie está obligado a regalar su producto y el que lo hace, lo hace a partir de un esfuerzo personal.
La justicia distributiva exige un entorno solidario, que sea capaz de lograr que todos tengan lo básico, lo mínimo para vivir dignamente y no sólo para sobrevivir. Hoy no es sencillo pensar en dar lo que tenemos, una empresa no está considerando repartir todas sus ganancias en los más necesitados, por que la cultura del mercado indicaría que eso ya no sería un negocio. Entonces, cómo se puede resolver este dilema, la respuesta no es sencilla pero tampoco es oculta o imposible.
Hacia dónde podemos dirigirnos
Las relaciones cargadas de fraternidad, distribución, oportunidades y llenas de un sentido moral pueden ser la respuesta. En vez de soñar con tener una empresa donde nosotros podemos ser los jefes y por ende tendremos a uno o varios empleados, soñemos y hagamos realidad a un grupo de personas que comparten su esfuerzo y su trabajo, de la misma manera que comparten las ganancias y las esperanzas.5
La mayoría de los mexicanos no hemos crecido en la opulencia, generalmente estamos sometidos a un sistema de pocas opciones, muchas exigencias, grandes competencias y sueldos raquíticos, que en muchos casos no queda otra que aceptarlos. Pero desgraciadamente, si algún día tenemos la oportunidad de ejercer un puesto de alta dirección y a nuestro cargo a algunas personas, un gran porcentaje optará, de la misma manera, generando entornos poco esperanzadores, siempre con el temor de que habrá otro que quiera quitarnos nuestro empleo.
Así, “la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los sujetos que contribuyen a la vida de la empresa”.
En el número 63 de esta encíclica, Benedicto XVI nos deja muy claro lo que entiende él por un “trabajo decente” «significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación»”.
Últimas consideraciones
•No olvidar el uso de los microcréditos, con una visión humanista y adaptados a las situaciones críticas de estos días.
•Seguir educando a los consumidores como corresponsales de unas finanzas éticas, que consumir es un acto moral y no sólo económico
•Fomentar la cultura del cooperativismo y las mismas cooperativas como fuentes de trabajo solidario, evitando llevar a la cooperativa la idea de jefe – empleado. En ellas, se puede vivir el verdadero sentido de igualdad y economía social y solidaria.
Citas:
1.Benedicto XVI. Carta encíclica, Caritas In Veritate, 3
2.Sergio Bernal Restrepo SJ, Introducción a la lectura de la encíclica Caritas in Veritate a los participantes en el Encuentro Nacional de Pastoral Social del 2009, en Casa Lago, Cuautitlán Izcalli, el 25 de agosto de 2009
3.Benedicto XVI. Caritas In Veritate, 25
4.Benedicto XVI. Caritas In Veritate, 35
5.Benedicto XVI. Caritas In Veritate, 40
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