Mensaje de Cuaresma 2010, de la Diócesis de Nezahualcóyotl
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| Mensaje de Cuaresma 2010, de la Diócesis de Nezahualcóyotl |
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«Que en Cristo, Nuestra Paz, México tenga vida Digna»
Mensaje de Cuaresma 2010, de la Diócesis de Nezahualcóyotl
A toda la comunidad diocesana, a los hombres y mujeres de buena voluntad:
Les saludo a todos con gran alegría, en este tiempo litúrgico de la cuaresma que hemos iniciado con el miércoles de ceniza y que culminará con el Triduo Pascual.
Durante la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de vida a la luz del Evangelio, y a llevar a cabo de una forma más profunda las prácticas de piedad, como son la oración, la limosna y el ayuno, como medios para reconocernos pecadores y necesitados de la gracia de Dios, y al mismo tiempo para recorrer juntos el camino de conversión y experimentar el gozo del perdón y de la reconciliación fraterna, camino seguro para celebrar con gozo la pascua de Nuestro Señor Jesucristo.
Es providencial que en este tiempo de conversión, aparezca con tanta claridad y firmeza la voz colegial de los obispos de México, cumpliendo fielmente con nuestra misión de pastores y preocupados por nuestra misión evangelizadora en la construcción del reino de Dios que transforme la vida y la sociedad, y guiados por la inspiración y acción del Espíritu Santo, proclamamos el Proyecto de Dios para nuestro pueblo, en la esperanza de “que en Cristo, Nuestra Paz, México tenga vida digna”.
En la Exhortación Pastoral del Episcopado Mexicano sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz, para la vida digna del pueblo de México, los obispos de México sensibles y preocupados “queremos compartir nuestro discernimiento sobre la misión de la Iglesia en la realidad de inseguridad, y violencia que se vive en nuestro país y alentar la esperanza de quienes por esta razón viven con miedo, con dolor e incertidumbre. La Iglesia cumple su misión siguiendo los pasos de Jesús y haciendo suyas sus actitudes (Cf. Mt 9,35-36); de Él aprendemos la sublime lección de anunciar el Evangelio de la paz1 con la confianza puesta en la fuerza transformadora del Amor”.
Nos acercamos a esta realidad con ojos y corazón de pastores, desde la metodología del Ver-Juzgar-Actuar, para alentar e impulsar la acción transformadora de los cristianos en sus ambientes, y para la superación del divorcio entre fe y vida.
I PARTE:
«LA INSEGURIDAD Y LA VIOLENCIA EN MÉXICO»
En nuestro país, y desgraciadamente también en nuestra diócesis de Netzahualcóyotl, están sucediendo hechos muy violentos relacionados con la delincuencia organizada, afectando negativamente a las familias, a la economía, alterando la paz pública, se siembra desconfianza en las relaciones humanas y sociales, se daña la cohesión social y se envenena el alma de las personas con el resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza.
Por eso a los obispos de México. “Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado: la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de secuestros, asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de la delincuencia o han sido ejecutados con crueldad y frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas y lamentamos los excesos, en algunos casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano”.
Algunas de las actividades criminales más comunes en este contexto son: el narcotráfico, el secuestro, la trata de personas, el lavado de dinero, distintos tipos de extorsión y las ejecuciones intimidatorias.
Las actividades de la delincuencia organizada no son una novedad, tienen raíces hondas. Quizá antes no eran tan evidentes como lo son ahora por la cruel violencia que ejercen sobre muchas personas y sobre la sociedad. Lamentamos profundamente que no haya sido combatida de manera oportuna y que se haya dejado crecer. Si en su momento, la omisión, la indiferencia, el disimulo o la colaboración de instancias públicas y de la sociedad no fue justa y toleró o propició los gérmenes de lo que hoy son las bandas criminales, tampoco es justo ahora exculparse, buscando responsables en el pasado y evadir la responsabilidad social y pública actual, para erradicar este mal social.
México además de ser país productor y de trasiego de la droga, se convirtió en un país consumidor, cerrándose así el ciclo de: producción, distribución, venta y consumo
La disputa entre los cárteles de la droga por los territorios más favorables, no sólo para el cultivo, sino para la producción de drogas sintéticas y para el narcomenudeo ha propiciado enfrentamientos entre los grupos delincuenciales y ha implementado el perverso oficio de los sicarios, que organizados, a su vez, se contratan para asesinar, tanto para mantener el control del territorio, como para ajustes de cuentas.
En México, se está deteriorando, en la vida social, la convivencia armónica y pacífica. Esto sucede por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera.
El secuestro es una actividad criminal que ya tiene historia. Actualmente cualquier persona puede ser víctima, tanto en las ciudades como en las comunidades rurales. Se realiza en diversas modalidades, como la amenaza de secuestro, el secuestro exprés, o el secuestro que priva de la libertad por tiempo indefinido, tratando con crueldad a la víctima para exigir el rescate correspondiente. Para quienes son víctimas y para sus familias, el secuestro es la experiencia de una interminable agonía que deja en ellas profundas secuelas emocionales. Llama la atención el uso de altas tecnologías por parte de los plagiarios y la complicidad, en ocasiones, de los cuerpos policiacos.
Esta situación nos hace constatar una vez más «que algo está mal y no funciona en nuestra convivencia social y que es necesario exigir y adoptar medidas realmente eficientes para revertir dicha situación».
La economía es uno de los ámbitos en los que debemos buscar los factores que contribuyen a la existencia de la violencia organizada. La desigualdad y la exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, exponen a la violencia a muchas personas: por la irritación social que implican; por hacerlas vulnerables ante las propuestas de actividades ilícitas y porque favorecen, en quienes tienen dinero, la corrupción y el abuso de poder.
Las oportunidades no son las mismas para todos en nuestro país. México es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo, la pobreza ha crecido.
Por otra parte, la necesidad y la ambición exponen de igual manera a pobres y ricos a buscar ganancias sin importar su procedencia, ni los riesgos y costos humanos que implican. La desigualdad provoca una honda insatisfacción y sensación de injusticia, que es la puerta de entrada de la violencia y por consiguiente, de un clima de inseguridad
La precariedad del trabajo y el subempleo también están entre los factores que explican la violencia urbana.
La corrupción muchas de las veces se transforma en delincuencia organizada, ya que de manera descarada se impone «la mordida» como condición a los ciudadanos para recibir un beneficio o servicio gratuito. Esta situación de corrupción institucionalizada hace sentir la necesidad de autonomía en la procuración de justicia.
También esta presente en todos los días la violencia en el tránsito vehicular, de la que resulta un alarmante número de víctimas, etc. Muchas de las veces no se observan las más mínimas reglas de tránsito y vialidad, es “común” que por las ventanilla se griten groserías, o amenazas, se tire la basura, o que se pasen los altos, etc. ¿qué nos está pasando, dónde está la más mínima cultura vial y nuestra educación?
Hay que decir, contra ciertas tendencias que criminalizan la pobreza, que no hay correlación directa entre violencia y pobreza. Sí la hay, en cambio, entre violencia y desigualdad. Hay ricos que son promotores de injusticia y violencia. Los pobres no son delincuentes por ser pobres; están expuestos a ser actores y víctimas de la violencia como cualquier otra persona que canaliza en formas violentas su frustración, el sinsentido de su vida y su desesperación.
Comprendamos que la realidad de inseguridad y violencia es muy compleja y multidimensional. Y no existe una única solución, como no existe una única causa. Por ello consideramos que convendría abordar la compleja realidad de la violencia que se vive en México desde un enfoque de salud pública que permita asegurar para el mayor número de personas el beneficio de la seguridad y de la paz.
Para lograr un cambio favorable hay que aprender a cumplir las leyes.
En primer lugar, vivimos una crisis de legalidad. Los mexicanos no hemos sabido dar su importancia a las leyes en el ordenamiento de la convivencia social. Se ha extendido la actitud de considerar la ley no como norma para cumplirse, sino para negociarse. Se exige el respeto de los propios derechos, pero su ignoran los propios deberes y los derechos de los demás. No tenemos, como pueblo, respeto de las leyes, del tipo que sean, ni interés por el funcionamiento correcto y transparente de las instituciones económicas y políticas. El signo más elocuente de esto es la corrupción generalizada que se vive en todos los ámbitos.
En segundo lugar, se ha debilitado el tejido social, se han relajado las normas sociales, así como las reglas no escritas de la convivencia que existen en la conciencia de cualquier colectividad bajo formas de control social que corrigen las conductas desviadas y mantienen a la sociedad unida y debidamente cohesionada. La fragmentación social, la frágil cohesión social, el individualismo y la apatía han introducido en distintos ambientes de la convivencia social la ausencia de normas, que tolera que cualquier persona haga lo que le venga en gana, con la certeza de que nadie dirá nada.
En tercer lugar, vivimos una crisis de moralidad. Cuando se debilita o relativiza la experiencia religiosa de un pueblo, se debilita su cultura y entran en crisis las instituciones de la sociedad con sus consecuencias en la fundamentación, vivencia y educación en los valores morales.
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