Tampoco te condeno...

Domingo 5º del Tiempo de Cuaresma
Tampoco te condeno...
Juan 8,1-11
P. Toribio Tapia Bahena
Diócesis de Cd. Lázaro Cárdenas
Dimensión para la Animación Bíblica de la Vida Pastoral (CEPP-CEM)
- Lectura
¿A qué monte se desplazó Jesús? ¿A qué lugar se dirigió en la madrugada? ¿Quiénes acudían a él? ¿Qué hizo una vez que se sentó? ¿A quién enseñaba?
¿A quién llevan los escribas y fariseos? ¿En dónde la ponen? ¿Con qué título se dirigen a Jesús? ¿En qué había sido sorprendida la mujer? Según los escribas y fariseos ¿qué les había mandado Moisés en la Ley? ¿Qué preguntan a Jesús? ¿Con qué finalidad preguntan su opinión a Jesús (v. 6)?
¿Les respondió Jesús? ¿Qué hizo? Ante la insistencia de los escribas y fariseos ¿qué les respondió Jesús? Según la respuesta de Jesús ¿Qué se necesita para arrojar la primera piedra? Después de su respuesta ¿qué volvió a hacer Jesús? ¿Qué hicieron los escribas y fariseos al oír las palabras de Jesús? ¿En qué orden se fueron retirando? ¿Dónde seguía la mujer al quedarse sola con Jesús?
¿Con qué nombre se dirige Jesús a la mujer? ¿Cuáles son las dos preguntas que le hace? ¿A qué pregunta responde la mujer? ¿Qué dice? ¿Qué afirma Jesús? ¿Qué le ordena? ¿Qué le pide?
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Si queremos comprender mejor este pasaje pongamos atención, primeramente, en la ubicación que le ha sido dada en el evangelio[1]. Este episodio conocido como “la mujer adúltera” (Jn 8,1-11) está en íntima relación con el tema del juicio que aparece en los versículos 13-18; así, por ejemplo, mientras los fariseos y escribas son testigos falsos, Jesús da un testimonio verdadero (v. 14) pues no juzga según la carne. Es posible también que haya cierta relación anticipada con las palabras que Jesús dirige a los judíos y a la gente en 7,24: “No juzguen según la apariencia. Juzguen con juicio justo”[2].
En segundo lugar, tengamos presente que el adulterio era castigado. En el Antiguo Testamento este pecado era incluido en las prohibiciones del decálogo (Ex 20,14). Ahora bien, no olvidemos que en un tipo de sociedad en que la mujer era considerada un objeto perteneciente al marido, el adulterio era castigado en virtud de la violación del derecho del hombre con cuya mujer se acostaba el adúltero. Por esto, independientemente de si la mujer que cometía adulterio era esposa de hecho, prometida o desposada, su castigo era la muerte; igualmente el hombre involucrado. Sin embargo, aunque nos sorprenda y hasta indigne, en el caso del hombre sólo era considerado adulterio si la mujer con la que mantenía relaciones sexuales era casada; si era una mujer soltera o esclava no había penalización por adulterio contra el varón[3].
No obstante existió una tradición legal que, si bien no señalaba el modo de aplicar la pena, sí la extendía tanto a la mujer como al hombre: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte: el adúltero y la adúltera” (Lev 20,10). De modo semejante el Deuteronomio afirma: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y también la mujer. Así harás desaparecer de Israel el mal” (22, 22).
El profeta Ezequiel menciona la lapidación como la forma de dar muerte a quienes cometieran el pecado del adulterio al hablar simbólicamente del pueblo de Israel como una esposa adúltera[4].
Por lo anterior llama la atención que aquellos escribas y fariseos lleven a una mujer refiriéndose a la Ley de Moisés ¡pero de manera incompleta! y, por lo mismo, con malas intenciones. La ley decía claro que los dos tenían que pagar su culpa; sin embargo, sólo conducen a la mujer. Si ambos habían sido descubiertos en flagrante adulterio ¿por qué no llevaron al varón? ¿Por qué sólo a la mujer? ¿Qué habría hecho el varón implicado para escapar de sus acusadores?
Aquellos escribas y fariseos le estaban tendiendo una trampa a Jesús: si el Maestro pedía clemencia para aquella mujer, se ponía en conflicto con la Ley; si aprobaba su lapidación se contradecía con su predicación y hasta podía entrar en conflicto con ciertas autoridades. No es pues una discusión escolar; es un caso de vida o muerte, de fidelidad al Dios de la vida y de la misericordia.
Es importante considerar, en tercer lugar, que a la gravedad de la pena correspondía –al menos, como casi siempre, en teoría- los testigos. No era suficiente con sospechar; era indispensable que los culpables hubieran sido sorprendidos y que los testigos presentaran su acusación. No eran cualquier tipo de testigos pues estaba en juego la vida de una persona. Pedían la pena de muerte para aquella mujer que había sido descubierta (¿sola?) en adulterio.
Recordemos que, aunque es cierto que el Sanedrín -órgano máximo de los judíos- no tenía autoridad para condenar a muerte en todos los casos, es posible que en algunos les fuera permitido por sus dominadores, los romanos[5]; quizás sea este el caso de la lapidación[6].
En cuarto lugar, es oportuno por lo anteriormente visto señalar que Jesús toma una actitud un poco extraña: se agacha y se pone a escribir en el suelo. Nunca sabremos qué escribió y lo mejor será no inventar al evangelio cosas que no dice ni insinúa siquiera. Por eso quizás tengamos que interpretar el gesto de Jesús como una actitud de indiferencia y desacuerdo ante aquella acusación de los escribas y fariseos[7]. La evidente hipocresía de aquellos testigos convenencieros sólo merecía indiferencia de parte del Maestro[8].
En quinto lugar, ante la insistencia de los escribas y fariseos Jesús les dice: “Aquel de ustedes que esté sin pecado que le arroje la primera piedra (v. 7). A la letra, de acuerdo al texto original, sería: “el que esté libre de pecado comience a apedrearla”. La Ley establecía que los testigos debían arrojar las primeras piedras quedando comprometidos con esa muerte (Lv 24,10-16; Dt 17,2-7); hacerlo era señal de que confiaban en que su testimonio era verdadero.
Por lo poco que dice el evangelio de la mujer podemos pensar que en realidad era culpable. Por lo tanto, había suficientes y fuertes pretextos legalistas para matarla por el pecado que había cometido. Sin embargo, la respuesta de Jesús los enfrenta consigo mismos: ¿acaso había alguien que no tuviera pecado? ¿Quién podía tirar la primera piedra? Nadie.
Ante la afirmación contundente de Jesús el evangelio afirma que “se iban retirando, uno tras otro, comenzado por los más viejos” (v. 9) quizás haciendo referencia al caso de aquellos ancianos viejos en años y en crímenes a los que se refiere Daniel 13. Los acusadores encontraban –a lo mejor por vez primera- alguien que era capaz de manifestarse en contra de la aplicación injusta de una ley y de enfrentarlos con su propia conciencia, con Dios y con el hermano... pues ¿quién tiene derecho a juzgar a otro? ¿Quién es el único que no se puede equivocar?
En sexto lugar, el evangelio señala magistralmente que quedaron solos Jesús y la mujer. En un diálogo conmovedor Jesús lanza dos preguntas con sabor retórico, es decir, que tienen una respuesta obvia. “¿Dónde están?”; era evidente que se habían ido. “¿Nadie te ha condenado?” Estaba claro que, ninguno de los que la habían llevado y puesto en medio para condenarla más que para juzgarla, había podido cumplir con sus propósitos malévolos[9]. Aquella mujer por fin tenía un encuentro con alguien que la comprendía, que no la condenaba y que, en lugar de hundirla más en su desgracia, la animaba a que no volviera a pecar. El evangelio es claro: Jesús no la condena; tampoco la justifica en su falta. Le pide que, de ahí para adelante, cambie su vida.
Por último, no olvidemos que las controversias o discusiones que tiene Jesús con algunos grupos de su tiempo muchas veces tienen como función principal iluminar un problema importante para la comunidad que escuchaba el evangelio. Quizás sea el caso del presente texto; en el fondo del mensaje de Juan 8,1-11 está la pregunta ¿cuál debe ser la actitud ante una persona que ha pecado? Más aún ¿cuál debe ser la actitud ante una persona que ha pecado y que, por cuestiones de género, es juzgada de manera dispareja respecto de otros sectores de la comunidad? ¿Qué debe prevalecer? ¿El legalismo o la misericordia?
- Meditación
El evangelio nos enfrenta con una realidad: todos, unos más otros menos, somos pecadores. Esta seguridad permanente de que podemos y de hecho fallamos debe evitar que nos comportemos como jueces sin misericordia que buscan sorprender a los demás en su pecado, los acusan y desean su muerte. Al mismo tiempo el evangelio ofrece otra posibilidad: la actitud de Jesús que, aún cuando reconoce el pecado de la mujer, no la condena y la invita a que no vuelva a pecar.
El comportamiento de los fariseos y escribas aumentaba el juicio, la aplicación inhumana de la ley, el miedo y destruía las relaciones fraternas; en cambio, la actitud de Jesús, abría un espacio de misericordia en que el pecado es reprobado pero no se desprecia ni se condena a la persona sino que siempre existe la posibilidad de, en adelante, no volver a pecar.
Además, el evangelio previene contra una aplicación machista o convenenciera de los principios legales; desgraciadamente con mucha facilidad confundimos legalidad con legalismo. Tenemos el riesgo de tomar el papel de jueces sin misericordia en lugar de comportarnos responsablemente como hermanos.
¿En qué aspectos de mi vida me hace reflexionar este evangelio? ¿En qué comportamientos me hace pensar?
- Oración
Comencemos nuestra oración haciendo nuestro un Salmo:
“El Señor no nos trata conforme a nuestras culpas,
ni nos paga según nuestras ofensas.
Como se alzan los cielos por encima de la tierra,
así es grande su amor para quienes lo temen;
Cuanto dista el oriente de occidente,
aleja Él de nosotros nuestras culpas.
Como se apiada un padre de sus hijos,
se apiada el Señor de los que lo temen.
El sabe de qué estamos plasmados,
se acuerda de que somos polvo” (103, 10-14)
Demos gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros.
Agradezcámosle también las muestras de misericordia que muchas personas a lo largo de nuestra vida nos han manifestado.
Pidámosle perdón por las ocasiones en que hemos sido jueces injustos en lugar de hermanos misericordiosos con quienes han cometido alguna falta.
Roguémosle que nos perdone las ocasiones en que hemos hecho aplicaciones convenencieras, injustas y machistas de algún principio legal o de alguna costumbre.
Agradezcámosle el ejemplo de misericordia que nos da en su Hijo Jesús en este evangelio; pidámosle que adoptemos la misericordia como una actitud básica de nuestra vida cristiana.
- Contemplación – acción
¿Cómo podemos mantenernos en el convencimiento de rechazar el pecado pero NUNCA hundir más a quien lo ha cometido?
¿Realmente nos dejamos animar por la misericordia de Dios para hacer un esfuerzo serio de no volver a pecar?
¿Qué podemos hacer para comportarnos, más como hermanos y menos como jueces sin misericordia, ante quienes han cometido algún pecado?
¿Conoces algunas costumbres o leyes que se apliquen con desventaja a las mujeres? Platícalo con alguien de tu familia, del grupo de tu parroquia o en tu trabajo.
¿Cómo tratamos a las mujeres que han cometido algún error, pecado o que pasan por alguna situación difícil (adúlteras, divorciadas, madres solteras)?
¿Qué debemos cambiar en nuestra manera de pensar y de comportarnos para vivir más y mejor el don de la misericordia entre nosotros?
[1] Es muy probable que Jn 8,1-11, por el tema que aborda pero sobre todo por la forma en que lo hace, haya tenido serias dificultades para ser admitido por todos los grupos cristianos que escuchaban el evangelio de Juan. No es este el espacio más adecuado para hacer todas las aclaraciones; baste decir que, incluso, algunos antiguos copistas anteriores al siglo V d. C. dejaban un espacio en blanco después de lo que corresponde, en nuestra actual división en capítulos y versículos, a 7,52.
[2] Además podría existir cierta relación con la importancia de que el discípulo permanezca en la verdad (8,31-32) y la posibilidad de Jesús mismo fuera apedreado (v. 59).
[3] Recordemos que en la mentalidad oriental el adulterio estaba clasificado como una ofensa privada con alcance comunitario.
[4] Dice: “Pues bien, prostituta, escucha la palabra de Yahvé. Así dice el Señor Yahvé: por haber prodigado tu bronce y descubierto tu desnudez en tus prostituciones con tus amantes y con todas tus abominables basuras…Voy a aplicarte el castigo de las mujeres adúlteras y de las que derraman sangre: te entregaré al furor y a los celos, te entregaré en sus manos, ellos arrasarán tu prostíbulo y demolerán tus alturas, te despojarán de tus vestidos, te arrancarán tus joyas y te dejarán completamente desnuda. Luego, incitarán a la multitud contra ti, te lapidarán, te acribillarán con sus espadas…” (16,35-36.38-40).
[5] Lo más seguro es que el Sanedrín no haya tenido autoridad para la pena de muerte en el caso de la crucifixión (véase por ejemplo Jn 18,32).
[6] De acuerdo al evangelio de Juan el mismo Jesús estuvo amenazado de ser muerto a pedradas (8,52; 10,31-33). También los Hechos de los Apóstoles hablan del apedreamiento de Esteban en las afueras de Jerusalén (8,57-60).
[7] Es demasiada invención decir, por influencia de Jer 17,13 y Job 13,26, que Jesús escribía los pecados o los nombres de los acusadores. En todo caso, estaríamos ante una acción simbólica.
[8] La hipocresía de los escribas y fariseos se refuerza al nombrar a Jesús como “Maestro” (v. 4) y al referir el narrador sus intenciones verdaderas: querían ponerle una trampa y tener de qué acusarlo.
[9] Sorprende además que la mujer se refiera a Jesús como “Señor” con una actitud totalmente diferente a aquellos escribas y fariseos que lo llamaban “Maestro”; quizás este contraste pueda estar indicando dos actitudes y dos intenciones totalmente distintas.
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