Boletín Communitas: Ciudadanía en la Red
Editorial
Hace poco más de 30 años, Alvin Toffler en su libro La Tercera Ola (1979) haciendo un análisis de la historia de la humanidad, distinguía tres grandes etapas, marcadas por profundos cambios culturales. Cada una de ellas tenía como detonante una serie de innovaciones tecnológicas de gran impacto que transformaron de manera definitiva a las personas y a los pueblos, a la sociedades y a las culturas.
Después de las sociedades que se configuraron, primero con la revolución agrícola y después con la revolución industrial y que corresponden en su análisis a la primera y segunda ola, Toffler describe la sociedad de la información, configurada como tal por el impacto de las tecnologías de la información y de la comunicación.
El sugestivo nombre del libro de Toffler al que hacemos referencia, haría pensar en una lectura lineal de la historia y sostener que el advenimiento de la sociedad industrial supone la superación o desaparición del mundo agrícola y que la sociedad de la información hace desaparecer la sociedad industrial. Sabemos que no es así. Más aún, que en un mundo globalizado como el nuestro, coexisten universos culturales, definidos y configurados de manera distinta, y que también de manera distinta resuelven los dilemas sociales, económicos y políticos de cualquier grupo humano.
Cuando coexisten, como es el caso de México, distintas culturas, como la urbana, la rural y la indígena, es posible darnos cuenta que la forma como se conciben las instituciones, los procesos y roles sociales también se transforman. Una pregunta inquietante en este dinamismo es el lugar que las personas, hombres y mujeres tienen en sus propio contextos y universos de significado y la forma como los pueblos van resolviendo la satisfacción de necesidades básicas y la creación de las condiciones necesarias para que todas las personas, sin excepción, puedan desarrollarse en todas las dimensiones de su existencia.
Aquí es donde las teorías se estrellan con la cruda realidad, pues constatamos que estamos lejos de alcanzar todas las exigencias del bien común, de un orden social justo, de una sociedad inclusiva, de una convivencia democrática, de la paz social y de una distribución equitativa de la riqueza. La pregunta que entonces nos hacemos es si las personas y las comunidades capitalizamos para una sociedad más humana las posibilidades de las grandes transformaciones de la humanidad, o si somos sujetos pasivos de las mismas, es decir, si las padecemos y dejamos que ellas hagan de nosotros, lo que unos pocos, con peculiar habilidad, determinan buscando su beneficio propio.
Los grandes cambios son pues una oportunidad, para configurar nuestra historia y para incidir en los procesos de transformación cultural. Esta oportunidad es aprovechada en la medida, que con sentido humanista y conciencia cívica nos ubicamos como protagonistas de los procesos históricos que nos ha tocado vivir. Hoy más que nunca se siente necesaria una conciencia cívica bien formada en cada uno de los ciudadanos y ciudadanas, para que la opción por el bien común, no sólo no se identifique con la política de un partido, sino se asimile como razón de ser de la tarea política.
Sin embargo, la ciudadanía no se improvisa, por el contrario, la ciudadanía se forma, a partir del sentido de pertenencia a una nación, alimentando la capacidad de conocer la realidad, la responsabilidad social y el compromiso con la justicia social. Aquí es precisamente donde el dinamismo de la sociedad de la información ofrece magníficas herramientas desarrolladas a partir de las nuevas tecnologías para la información y la comunicación.
Nos toca a nosotros habilitarnos en el uso de estas herramientas, conscientes, cómo lo ha señalado el papa Benedicto XVI, de que “así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy.”
Que maravillosa oportunidad tenemos hoy los ciudadanos, de incidir en la sociedad, en la economía, en la política y en la cultura, lo que nos exige comprometernos con la construcción de la ciudadanía 2.0, es decir, la que es capaz de hacerse ayudar de estas herramientas de comunicación para construir la paz, difundir las exigencias del orden social justo. Abonémosle a este proyecto.
Mons. Ramón Castro Castro
Obispo de Campeche
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