“Vio y creyó”

Tiempo Pascual
Domingo de Pascua
“Vio y creyó”
Juan 20,1-9
1.Lectura
Es recomendable para la preparación adecuada del texto del evangelio ampliar nuestra lectura a los vv. 10-18.
¿Quién fue la primera en ir al sepulcro? ¿Qué día era? ¿En qué momento del día fue? ¿Qué fue lo primero que observó María Magdalena? ¿A quiénes se dirigió corriendo? ¿Qué les dijo? En las palabras de que les dirige a Pedro y al otro discípulo ¿habla como si fuera ella sola o como si hubiera más mujeres?
¿Hacia dónde se encaminaron Pedro y el otro discípulo? ¿Quién llegó primero? ¿Qué hizo? ¿Qué vio? ¿Entró al sepulcro? ¿Entró Pedro al sepulcro? ¿Qué vio? ¿Hay alguna diferencia entre lo que vio Pedro y el otro discípulo? El sudario y los lienzos ¿estaban acomodados o desacomodados? Una vez que Pedro entró ¿quién entró? ¿Cómo describe el evangelio la actitud de este discípulo? ¿Qué aclara el evangelista respecto de los discípulos y la Escritura? ¿A dónde volvieron los discípulos? ¿Quién se quedó fuera del sepulcro?
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué hizo mientras lloraba? ¿A quiénes vio? ¿Dónde estaban sentados los ángeles? ¿Qué le dijeron los ángeles a María Magdalena? ¿Qué les responde ella? ¿A quién dice el evangelista que vio María Magdalena? ¿Ella sabía que era Jesús? ¿Qué preguntas le hace Jesús? ¿Cómo se dirige a ella? ¿Con quién confunde María Magdalena a Jesús? ¿Con qué título se dirige a él? ¿Qué le pide? ¿Para qué? ¿De qué manera se dirige a María Magdalena en la segunda ocasión? ¿Con qué título lo nombra ella? ¿Qué le pide el Maestro a María Magdalena? ¿Con quiénes la envía el Señor? De acuerdo a la respuesta de Jesús, ahora su Padre y su Dios ¿de quién es Padre y Dios ahora? ¿Qué dijo María Magdalena a los discípulos?
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Para comprender mejor este evangelio pongamos atención, en primer lugar, que los primeros cristianos expresaron su fe en la resurrección a través de fórmulas (1Cor 15,3-5), confesiones de fe que dejan claro que Jesús fue “despertado” de la muerte (Rom 10,9; 1Cor 15,3-5; 1Tes 1,10; 4,14) y con himnos que celebran la exaltación gloriosa de Jesús (Rom 1, 3s; Flp 2,6-11; 1Tim 3,16; Ef 4,7-10; Rom 10,6s; 1Pe 3,18-22…). Entre todas estas fórmulas, confesiones de fe e himnos sobresale 1Cor 15,3-5: “Porque yo les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo MURIÓ por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce”. Este pasaje de san Pablo refleja de manera íntegra el acontecimiento de la resurrección. Muy pronto los primeros cristianos se dieron cuenta que no se debía separar la muerte de la resurrección; más aún, se convencieron de que todo esto tenía sentido si ellos se creían testigos. El olvido de la cruz (de la entrega de la vida de Jesús) conduce a un triunfalismo estéril; el rechazo de la resurrección lleva al fatalismo. Los escritos de san Pablo remarcan esta doble dimensión (1). De modo semejante, los Evangelios insisten en los diversos relatos de las apariciones la estrecha unidad entre la cruz y la resurrección, la entrega de la vida y la glorificación del Señor (véase por ejemplo: Mt 28, 5-8; Lc 24, 1-8.36-42; Jn 20, 19-29) (2). En este amplio marco de proclamaciones de fe en el Señor Resucitado se ubica el relato del evangelio de Juan (20, 1-18).
En segundo lugar, debemos tomar en cuenta que aunque el hecho de la resurrección es trans-histórico, es decir que está más allá de lo que podemos conocer o demostrar con las ciencias, no significa en absoluto que sea irreal. Cuando un acontecimiento afecta la vida en su integralidad y es posible aceptarlo con algo transformador, en ese momento es el algo real. El hecho de que algo sólo se pueda experimentar pero no demostrar no significa que no sea real. Por esto, los primeros escritos cristianos –entre ellos los evangelios-, hablan de la necesidad de la fe en el testimonio –o experiencia vital- de los discípulos. A partir de estos testimonios que pertenecen a la ciencia histórica, la resurrección de Jesús es un hecho que el creyente puede llamar real.
En tercer lugar recordemos que lo que pretenden los evangelistas al presentar la resurrección, no es construir una secuencia cronológica de los acontecimientos (como la pasión y muerte de Jesús), sino significar desde diversas perspectivas el efecto de este acontecimiento en la vida del ser humano y en la historia en que vivimos. Es aquí donde entra la perspectiva del evangelio de Juan. Una de las características fundamentales del relato de la resurrección de Juan es precisamente que la vida eterna de Dios penetra en los acontecimientos terrenos; la vida que no se acaba, la resurrección –es decir, Dios mismo- se interna para siempre en nuestra historia.
En cuarto lugar tengamos presente que para los evangelios, en este caso para el evangelio de Juan (20,1. 11-18) no es casualidad que sea precisamente unas mujeres representadas en María Magdalena las primeras testigos de la resurrección (3). En aquel tipo de sociedad las mujeres no podían actuar jurídicamente como testigos; sin embargo, el Señor Resucitado las escoge como las primeras testigos de este gran acontecimiento (4). Es posible que con esto se esté dando a entender no sólo la importancia de la mujer en las primeras comunidades cristianas sino también la fuerza renovadora de la resurrección. Esto se percibe en una serie de detalles; por ejemplo, María Magdalena es la primera que llega al sepulcro (20,1); mientras Pedro y el otro discípulo vuelven a casa sin entender suficientemente todavía lo que ha sucedido (vv. 9-10) ella permanece fuera del sepulcro llorando (v. 11). En la presentación que hace el evangelista su atrevimiento de asomarse al sepulcro no es señal de duda sino de búsqueda; a tal grado llega su búsqueda que se atreve a interpelar a Jesús confundiéndolo con el jardinero para llevarse el cuerpo. Y lo más importante, después de ser la primera en reconocer al Señor Resucitado y de tocarlo (v. 17)(5), se convierte en mensajera de la noticia más importante de la fe cristiana: ¡El Señor ha resucitado! Más aún, el evangelista Juan presenta a esta mujer como portavoz de la nueva alianza hecha realidad: “subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios” (v. 17) (8).
En quinto lugar, vale la pena aclarar esta nueva alianza. Jesús, el Hijo, ha bajado del cielo (Jn 3,13; 6,33. 38. 49-51. 58), ha salido de Dios (8, 42; 16,27-28; 17,8) y ha cumplido su misión hasta el final. Ahora sube al Padre después de haber sido fiel hasta el extremo de entregar la vida; es la culminación de su obra. De acuerdo al evangelio de Juan la finalidad de la venida de Jesús era elevar a todos los hombres hacia Él. Por eso, a partir de la entrega de la vida de Jesús (en Juan, de su glorificación en la cruz) y de su resurrección, se inicia una nueva alianza entre Dios y los hombres en Jesucristo. Ahora bien, esta alianza según el mismo Juan sólo se sostiene en el amor a los hermanos (Jn 13).
En quinto lugar, el evangelio habla del discípulo amado. Mucha tinta se ha gastado en querer identificarlo con algún personaje histórico. Sin embargo, lo más seguro es que el evangelista en su afán catequético con sus comunidades haya querido involucrar a cualquiera que leyera o escuchara el evangelio. Es descrito como alguien que se entusiasma ante la noticia de María Magdalena (v. 2); incluso en su preocupación por darle su lugar a Pedro (21, 9-23, cosa que había descuidado en los capítulos precedentes a diferencia de los evangelios sinópticos), el evangelista, presenta al discípulo amado inclinándose, viendo los lienzos pero sin entrar. Una vez que entró vio y creyó (v. 8). En este discípulo se veía –y nos vemos- cualquier lector. El discípulo cree al ver los indicios que quedaban en el sepulcro; incluso antes de su contacto con el Resucitado fue capaz de superar el abismo: en ausencia del cuerpo aquellos lienzos funerarios tuvieron para él valor de signo (8). Mientras Pedro pensaba en el rapto él discípulo creía en la resurrección. El discípulo captaba en el sepulcro vacío que el Señor había vencido todo lo que tenía que ver con el tiempo, con la limitación humana; ¡Jesús había vencido la muerte! (9)
Por último, tengamos en cuenta algunas consideraciones. Los primeros cristianos veían y experimentaban la Resurrección como el acontecimiento central de la vida de Cristo y, por lo tanto, de las personas. Y es que, en la vida, muerte y Resurrección de Jesucristo ha ocurrido algo que cambia totalmente el significado del mundo, de nuestra vida, de la relación entre nosotros y con Dios; por otra parte, al resucitar el Padre a su Hijo Jesucristo se estaba declarando a favor de la vida no de la muerte, a favor de los inocentes no de los verdugos, del amor no del egoísmo. De ahí que la Resurrección no se predique como una enseñanza sino que, sobre todo, se proclame como una buena noticia para todas las personas. En otras palabras, con la Resurrección se abre la esperanza firme de que el triunfo de la muerte no es definitivo, los que matan al hermano no son los héroes de la historia y el mal no tiene la última palabra; se puede y podemos mejorar la realidad. Por eso, no debe preocuparnos sólo el significado de la resurrección sino también su sentido. La Resurrección de Jesucristo nos garantiza y abre a lo siguiente:
+ No sólo reviviremos; no se trata de una “vuelta” sino de una entrada a algo mayor, la entrada a la vida nueva que es la misma Vida de Dios.
+ La Resurrección no es algo –un suceso- de esta historia; es decir, no es algo que se dé aquí, en este tiempo y en este espacio, o como nos lo imaginemos... ¡pero sí afecta nuestra vida! ¡Se relaciona con nuestro caminar diario, con todo lo que vivimos, pensamos y somos!
+ La Resurrección de Jesucristo es la garantía firme de que todas las personas estamos llamadas a ella. Por eso podemos proclamar “muerte ¿dónde está tu victoria?”. Sabemos que la muerte es inevitable pero que ella no es lo último.
+ La fe en la Resurrección nos convierte en testigos de la vida, del amor, la justicia, la amistad, el compromiso, la esperanza y la fe.
+ La Resurrección, por eso, no se puede creer de manera egoísta. Creemos en la Resurrección; sólo la podemos vivir y conseguir junto a, con y por los demás.
No vaciemos de significado y consecuencias el acontecimiento de la Resurrección. Nuestra fe en ella nos convierte en testigos-agentes que con nuestra vida debemos dar a entender que la vida vale la pena vivirla bien porque la muerte no es la última palabra; que debemos vivir como hermanos porque desde el perspectiva de Dios y de los seres humanos verdaderamente maduros, los héroes verdaderos de la historia no son los que se aprovechan de los demás y los hunden, sino los que trabajan por el amor, la paz y la fraternidad. Y por último, porque creemos en la resurrección del Señor y en la nuestra, debemos ser testigos y agentes comprometidos con nuestra realidad para que ésta vaya siendo un entorno de vida y no de muerte.
2.Meditación
¿Qué me hace pensar el evangelio de Juan 20,1-18?
¿En qué me hace reflexionar?
¿En qué aspectos afecta mi vida, mi comportamiento, mi manera de pensar?
¿Cuáles es el principal mensaje pero sobre todo las principales exigencias de la resurrección del Señor para mi vida?
3. Oración
Hagamos una oración de acuerdo a lo leído y meditado.
4.Contemplación – acción
Revisemos nuestra vida personal ¿A qué nos compromete la resurrección del Señor?
Revisemos nuestro entorno familiar, eclesial, social… ¿en qué urge que trabajemos más por la Vida?
¿Qué podemos hacer para ir viviendo en una verdadera alianza en el amor con Dios y con nuestros hermanos?
¿Qué podemos hacer para ser mejores testigos de la resurrección?
¿A qué nos compromete el hecho de que el Señor se haya manifestado precisamente a María Magdalena?
(1) Así, por ejemplo, en 1 Tesalonicenses 4,14: “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús”; también en la epístola a los Romanos se dice: “¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros?” (8,34); también “Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (14,9; 4,25; 2 Cor 5,15).
(2) Esta relación fundamental entre muerte y resurrección aparece ya en los anuncios de la pasión; así por ejemplo: Marcos 9, 30-32; Mateo 17, 22-23; Lucas 9,22.
(3) Incluso el evangelio de Marcos afirma que “Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios” (16,9). Véase también Mt 28, 1; Lc 23,55-24,8.
(4) La afirmación de María Magdalena “no SABEMOS…” del v. 2 es señal, desde la perspectiva narrativa, que había más de una mujer (véase también Mt 28,1;
(5) María Magdalena puede ser, de acuerdo a la dinámica que sigue el evangelio de Juan, un prototipo de discípulo: piensa que Jesús está muerto, no se da por vencida ante el sepulcro vacío, reconoce al resucitado, lo experimenta y se convierte en la mensajera de esta buena noticia.
(6) El evangelista insiste en que el Señor la llama por su nombre; en la mentalidad semita el nombre pronunciado en un discurso directo llega hasta lo más profundo del corazón. Enseguida se recupera la relación personal que había sido rota por la muerte (véase también Jn 10,3 que confirma este sentido al decir que el verdadero pastor conoce a sus ovejas y a cada una la llama por su nombre).
(7) La orden que da Jesús a María Magdalena no se debe traducir como “no me toques” sino como “deja de tocarme” (v. 17). Con mucha esta gran mujer no sólo tendió los brazos para querer tocarlo sino que se abrazó a sus pies como un gesto de adoración como el de las santas mujeres de Mt 28,9. La orden de Jesús estaría con relación a su misión; porque debe convertirse en mensajera de esta gran noticia no puede permanecer abrazada a Jesús. Ahora que lo ha experimentado tiene la tarea de compartir esto con quienes no han podido hacerlo.
(8) San Juan Crisóstomo decía: “si hubieran robado el cuerpo, no se habrían preocupado de quitar el sudario, de enrollarlo y dejarlo aparte… La separación de los lienzos, el poner unos a un lado y otros al otro después de enrollarlos debidamente, era obra de alguien que actuaba con cuidado, no al azar, no bajo los efectos de la prisa (Comentario a Juan, 85).
(9) Ahora bien, no hay contradicción entre los vv. 8 y 9; que el discípulo haya visto y creído pero no hayan comprendido todavía la Escritura no guarda contradicción. La Iglesia primero experimentó al Resucitado y después iluminó su fe repasando la Escritura.
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